Los latidos del mar

Por: Alberto Tinoco Guadarrama

“Vámonos, dijimos, al Mar de Cortés, dándonos cuenta de que nos convertimos para siempre en parte de él… Le quitaremos algo, pero también dejaremos algo”.- John Steinbeck, The Log from the Sea of Cortez.

Si usted mira fijamente el océano, el tiempo suficiente, tendrá la impresión de que en el horizonte lejano se dibujan "las mejillas de la tierra”. Pero… cierre los ojos, tan sólo un momento, y escuche: ese aliento que viene desde lo más profundo. Aquí comenzó la vida, de esa historia olvidada que habita en nuestras células. Y debajo de esa inmóvil soledad, están los latidos del mar.

Son alrededor de mil kilómetros de longitud, con profundidades de hasta tres mil metros, entre montañas y cañones submarinos que aún no se conocen.

Es el mar más joven, pero también el más estudiado del mundo.

Es uno de los cinco ecosistemas marinos más diversos del planeta.

Es parte del corredor biológico marino del Pacífico Oriental Tropical. Un laboratorio natural de la vida, con más de 800 especies de peces, alrededor de 4 500 especies de invertebrados y refugio para casi 40% de los mamíferos marinos del mundo.

Alberga 136 500 hectáreas de manglar, el más extenso y productivo del Pacífico mexicano.

Su biodiversidad es Patrimonio Mundial Natural de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, la UNESCO.

Cada año, más de dos millones de visitantes recorren sus playas, sus costas, sus manglares, sus esteros, sus arrecifes rocosos y sus 244 islas e islotes, que resguardan la fuente de proteína animal que necesitará México para su seguridad alimentaria, en el futuro cercano.

Los conquistadores lo llamaron Mar de Cortés.

Para el reconocido explorador y oceanógrafo Jaques Yves Cousteau, es “el Acuario del Mundo”.

Y es de todos, es el Golfo de California.

¡Agua fría, verde y turbia!

En cualquier lugar del mundo, el agua fría, verde y turbia sería el peor escenario para cualquier expedición fotográfica, pero en el Golfo de California nunca se sabe, todo está a punto de suceder. Las “malas” condiciones para bucear nunca serán pretexto para los necios que, como yo, queremos contar una historia. Aquí está ocurriendo algo y lo queremos averiguar. Parafraseando al escritor y viajero John Steinbeck: Vámonos, dijimos, al Golfo de California.

En la zona de Loreto hay reportes de una ballena azul que parece rezagada en su migración hacia el norte.

En Los Islotes una colonia de lobos marinos juguetea entre los turistas que se vuelven locos.

Una familia de tres orcas, una hembra con dos juveniles, aparentemente residentes de la bahía de La Paz, se dejan ver. Son perseguidas frenéticamente por los operadores turísticos que las acorralan hasta el cansancio.

En El Mogote está próximo el cierre de la temporada del tiburón ballena.

Miles de delfines siguen un cardumen de sardinas o macarelas cerca de la Isla Espíritu Santo. Y cientos de móbulas se agregan en una especie de danza sin sentido, mientras saltan, en ese horizonte único donde el mar se funde con el desierto.

Desde el invierno, pasando la primavera y casi hasta el final del verano, las imágenes del Golfo de California saturan Instagram, Twitter y Facebook. Todos quieren estar ahí.

Nos sumergimos en El Bajo, un sitio de buceo en la Isla Espíritu Santo. Acompaño al Doctor Arturo Ayala, Investigador de la Universidad Autónoma de Baja California Sur, UABCS. “Bocos”, como lo llaman sus amigos, nació en la Ciudad de México, pero hace mucho que se convirtió en “choyero”.

Arturo Ayala me explica que la “Provincia de Cortés” —como se identifica a la región del Golfo de California— es la segunda más productiva de México en términos de biomasa, con alrededor de cuatro toneladas por hectárea. Según el Programa de Monitoreo Ecológico de Largo Plazo en el Golfo de California, publicado por la iniciativa DataMares, la región de Loreto tiene el mayor número de especies registradas, con 270; le siguen El Corredor, con 245 especies; La Paz, con 235; y Cabo Pulmo, con 201. Sólo 10 % de estas especies son de interés comercial.

La vida desde abajo

El Bajo, de la Isla Espíritu Santo, es un santuario de la biodiversidad. Recorremos esta montaña submarina que sorprende por la abundancia de peces. Ramón Castellanos, de la Coalición en Defensa de Los Mares de México, CODEMAR, va al frente con su cámara. Lo sigo de cerca junto al fotógrafo y documentalista Fabricio Feduchy, un viejo lobo de mar que tuvo el privilegio de conocer al icónico Ramón Bravo, el gran buzo mexicano. Fabricio y yo nos alejamos del grupo mientras observamos un cardumen de barracudas que se mueven de forma coordinada, siempre en el mismo sentido, ante el acecho de los extraños. Yo sólo soy un aprendiz de fotógrafo y malo, por cierto, pero hay una extraña sensación cuando sabes que estás frente a una buena toma. Fabricio se coloca a un lado del cardumen y desde diferentes ángulos acompañamos a las barracudas.

El Bajo está formado por un fondo superficial, rodeado por una fosa oceánica con una profundidad cercana a los 800 metros, que la separa de la Isla Espíritu Santo, y permite corrientes marinas y temperaturas que propician una abundante diversidad biológica, según han determinado estudios del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste, CIBNOR, y la Universidad de California, en Davis, Estados Unidos.

De pronto, observamos una enorme especie de nata, que enturbia la columna de agua y se vuelve más densa y más amplia conforme nos aproximamos, hasta quedar rodeados por cientos de miles de microorganismos que incluso dificultan la visibilidad. Ramón Castellanos —de la CODEMAR— registra el momento con su cámara. Se trata de una “surgencia” de zooplancton, compuesto por materia orgánica, alevines y “huevecillos” de peces, así como diminutas larvas de almejas, crustáceos y equinodermos que viven suspendidos en la columna de agua y aunque son capaces de moverse son arrastrados por las corrientes marinas y sus remolinos que suben desde el fondo, trayendo consigo los nutrientes.

Todo está conectado

Es un fenómeno que para muchos puede pasar desapercibido, pero que emociona, porque es justo en ese momento cuando puedes sentir los latidos del mar. Toda la cadena alimenticia se está moviendo y es la razón de las corridas de sardinas, anchovetas y macarelas que van persiguiendo el alimento. Detrás, se va generando un frenesí entre los grandes pelágicos en la bahía de La Paz. Lo que hemos logrado documentar son los nutrientes que dan sustento a las pesquerías de los alrededores, al funcionar como sitios de reproducción y refugio de las especies, además de ser un atractivo para el buceo autónomo y la pesca deportiva. En el Mar de Cortés todo está conectado.

Buceamos el Fang Ming, un barco hundido intencionalmente en 1999 para formar un arrecife artificial cerca de la Isla Espíritu Santo. Sobre la cubierta observamos pargos de gran tamaño a los que parece no importarles mucho nuestra presencia. En la parte baja del casco, a unos 20 metros de profundidad, sorprendentemente ha florecido una pequeña colonia de coral negro de casi un metro de altura. Pero es en Punta Lobos donde encontramos un enorme bosque de coral negro. Es un buceo profundo, bajamos a 133 pies (40 metros). Sigo a la investigadora Jenny Carolina Rodríguez, quien estudia una enfermedad en los corales del Pacífico. Jenny me muestra la colonia de coral negro que crece en forma ramificada como si se tratara de arbustos, pero no son plantas sino pequeños organismos llamados pólipos que forman colonias. Se trata de los corales de aguas profundas con el crecimiento más lento, se estima que crecen de ocho a 22 micrómetros por año. Las uñas de los humanos crecen cerca de 36 milímetros por año, dos mil veces más rápido que el coral negro.

Recorremos La Reina, un sitio de buceo en la punta norte de Isla Cerralvo. Es un arrecife con grandes agregaciones de peces. Observo meros, cabrillas y un cardumen de pargos azul dorado que después de unos minutos me rodea. A unos 25 metros de profundidad recorro un pequeño cañón lleno de vida. Mientras avanzo, los gobios se esconden entre las colonias de coral duro y las morenas verdes se asoman entre las oquedades de los montículos submarinos que parecieran adornados con estrellas de mar de todos colores y tamaños. Distingo una espectacular morena cebra que apenas se asoma, al tiempo que Ramón Castellanos y Edgar Escobar, nuestro dive master, registran a dos peces piedra, que se mimetizan con el entorno. Aunque parecen tímidos, se trata de una de las especies marinas más venenosas.

Hacemos una inmersión en Las Ánimas, un grupo de islotes, al noreste de isla San José. Recorremos un canal profundo donde distinguimos algunas langostas, conocidas como “cigarra de las galápagos”. Son extrañas, parecen casi prehistóricas por su caparazón aplanado. Llama la atención que en casi todos nuestros buceos hemos encontrado restos de arpones, anzuelos y redes de pesca. En un sitio conocido como El Pináculo, observo como a lo lejos nuestro dive master hace señales. Cuando salimos del agua, emocionado, Edgar Escobar asegura que había un tiburón martillo. Ninguna cámara lo registró.

Se dice que desde hace siete años, en la bahía de La Paz es difícil ver un tiburón martillo o cornuda como le llaman los pescadores. Históricamente ha sido la especie de tiburón más pescada en la región; sus poblaciones se han movido o prácticamente han desaparecido.

— ¿Y los tiburones? pregunto a José Alberto Zepeda Domínguez, biólogo marino, quien trabaja programas de manejo sustentable con comunidades pesqueras de la bahía de La Paz. Sonríe, mueve la cabeza y responde: “En cualquier lugar hay tiburones, yo los encontré en Ensenada de Muertos, al este, a 60 kilómetros de La Paz. Ahí hay una flota tiburonera. Hay que dejar muy claro que pescar tiburón es legal. No está prohibido pescar tiburón, salvo algunas especies protegidas. Para que respiren tranquilos algunos, no se pescan los tiburones grandes, tienen un sabor a amoniaco. Tiene mayor precio el tiburón pequeño, es más sabroso, el que le llamamos cazón… No sé qué tiburón estabas buscando o queriendo ver, pero vete con un tiburonero, ellos seguro saben dónde están”.

— ¡Pero yo los quiero ver vivos!

— Están vivos… en los anzuelos de los palangres, me responde lacónico.

Al final de mi viaje por el Golfo de California subrayo una frase de John Steinbeck: "Los hombres realmente necesitan monstruos marinos en sus océanos personales".

Recordando a John Steinbeck

Sin duda alguna, el Golfo de California es un paraíso, pero también tiene su infierno. Hace 78 años, John Steinbeck escribió en las notas de su bitácora: “Tomamos una pequeña colonia de corales blandos de una roca en un pequeño mundo acuático. Y eso no es terriblemente importante para la marea. A cincuenta millas de distancia, los barcos camaroneros japoneses están dragando con primicias superpuestas, criando toneladas de gambas, destruyendo rápidamente la especie para que nunca regrese, y con la especie destruyendo el equilibrio ecológico de toda la región. Eso no es muy importante en el mundo. Y a miles de millas de distancia, las grandes bombas están cayendo y las estrellas no se mueven de ese modo. Nada de esto es importante o todo lo es”.

La tragedia de los comunes

Las cosas han cambiado un poco, ya no entran barcos japoneses, ahora es la propia flota pesquera mexicana la que se está devorando al Golfo de California. De aquí se extraen aproximadamente más de 500 000 toneladas al año. Suena bien, de no ser porque los cercos de los atuneros, las redes de arrastre de los camaroneros, los enmalles de los sardineros y los palangres de los tiburoneros, no sólo han colapsado a algunas pesquerías comerciales sino también han incrementado la pesca incidental de especies protegidas. Hoy se tiran más redes, pero se captura menos. Las pesquerías están sobreexplotadas.

La autoridad, que debería regular, deja que la “Tragedia de los Comunes” haga el resto. Hay una competencia desleal entre la pesca industrial y la pesca ribereña, entre las embarcaciones menores de Baja California Sur frente a los grandes barcos pesqueros de Sinaloa y Sonora. Y en medio de este vacío de autoridad, la pesca ilegal no respeta vedas ni tallas ni especies.

El investigador Ismael Mascareñas, del Centro para la Biodiversidad Marina y la Conservación, quien ha coordinado el Programa de Monitoreo Ecológico de Largo Plazo, no duda al señalar que el Golfo de California está en riesgo. El dato más revelador es que entre 1998 y 2017, las tallas de peces comerciales disminuyeron hasta 45 centímetros y 65% de los arrecifes se han degradado.

En algún momento, los latidos del mar dejarán de escucharse, en lo profundo del Mar de Cortés.