Mar de Cortés: barbarie o conservación

Por: Gabriel Quadri

¿Quién o quiénes son los propietarios de los mares mexicanos? Hasta ahora, a pesar de lo que establece el Artículo 27 constitucional, pareciera que es la industria pesquera quien detenta derechos exclusivos de propiedad. Todo el mar territorial y patrimonial es su coto, donde explota frenéticamente la vida silvestre que los habita casi sin cortapisas y muchas veces hasta el colapso, a pesar de que en teoría son propiedad de la Nación.

Las pesquerías decaen y se agotan, especies se extirpan, y ecosistemas marinos completos son depredados, en contra de la sustentabilidad del propio negocio. Para el establishment pesquero los mares son su propiedad privada. No admite ningún otro actor o interés, aunque se trate de intereses públicos, por ejemplo, en favor de la conservación, del aprovechamiento sustentable, o del turismo de observación y disfrute no consuntivo de especies y ecosistemas marinos.

De los mares mexicanos, 95% se encuentra bajo régimen de explotación pesquera (5% restante, bajo conservación gracias a la creación el año pasado del Parque Nacional Revillagigedo). Esto no está escrito en ningún lado, es consecuencia factual del olvido y la incuria, y de una enorme sobrerrepresentación política de los actores pesqueros interesados, aupados por sus personeros gubernamentales (Conapesca).

Con acceso virtualmente irrestricto de la pesca a todo el territorio nacional marino y Zona Económica Exclusiva se configura en muchas circunstancias una típica Tragedia de los Recursos Comunes. Explotar lo más posible en el menor tiempo posible. Esta Tragedia sólo se resolvería con una intervención regulatoria gubernamental asertiva en términos de zonas de pesca restringidas, artes de pesca selectivas, vedas eficaces, tallas mínimas, minimización de capturas incidentales, número máximo de embarcaciones y esfuerzo pesquero, registro exhaustivo de desembarcos, vigilancia estricta y sanciones creíbles a infractores, cuotas máximas, cuotas transferibles, derechos territoriales exclusivos de pesca, y sobre todo, con grandes Áreas Naturales Protegidas de exclusión pesquera.

Éstas últimas, fundamentales como viveros o zonas de desove y crecimiento, reproducción y recuperación, de conservación y restauración de ecosistemas y cadenas tróficas, capaces de exportar especímenes y biomasa a áreas contiguas donde podría llevarse a cabo una pesca sostenible y mucho más productiva. Téngase en cuenta que animales marinos más grandes tienen un mucho mayor potencial reproductivo, y que éstos sólo pueden crecer y multiplicarse de manera plena a salvo de la presión pesquera en Áreas Naturales Protegidas. Así, la conservación sería soporte funcional de una industria pesquera floreciente, productiva, competitiva y viable a largo plazo. Pero en México no es así. El Mar de Cortés es el escaparate emblemático de esta tragedia, joya ecológica marina global y Acuario del Mundo.

El Mar de Cortés tiene una superficie de casi 18 millones de hectáreas. De ellas, sólo 7 000 han sido puestas a salvo de la pesca, por decisión visionaria de las comunidades locales en Cabo Pulmo; aparte de algunos minúsculos refugios pesqueros. Es decir, sólo 0.04% tiene un destino de conservación que, por cierto, en Cabo Pulmo, fundamenta una pujante actividad turística de buceo gracias a la recuperación espectacular (sólo ahí) del ecosistema y de especies carismáticas. El resto del Mar de Cortés es objeto de explotación masiva por parte de flotas sardineras y palangreras, flotas de arrastre camaronero, a quienes Conapesca subsidia generosamente combustibles, motores, y embarcaciones menores y mayores.

La sobreexplotación alcanza niveles indecibles, que han llegado a la extirpación comercial y biológica de poblaciones completas de especies (por ejemplo, de tiburones martillo), a la extinción (como a la vaquita marina) y al exterminio de bases vitales de cadenas ecológicas marinas, como son sardinas, anchovetas y macarelas (absurdamente convertidas en harina industrial para alimento de ganado). Inaceptable continuar con la barbarie.

Vía: El Economista