Un décimo sin pesca

Por: Por Octavio Aburto
@octavioaburto

Estoy regresando de un viaje alrededor de Baja California Sur, desde Punta Abreojos y Bahía Magdalena, en el Océano Pacífico, hasta Punta Alta y San Evaristo en el Corredor San Cosme- Punta Coyote, en el Golfo de California, para terminar en la isla Espíritu Santo. Fue un viaje de 15 días, como los que solía hacer hace 20 años cuando vivía en La Paz y dedicaba la mayor parte de mi tiempo a la investigación sobre Biología y Ecología Marina. Lo he disfrutado como siempre, pero ahora que me dedico a la comunicación de la ciencia y a documentar con mi cámara qué pasa en los Mares Mexicanos, veo con preocupación que no hemos podido cambiar la trayectoria de degradación en arrecifes, manglares y muchos ecosistemas marinos de México.

Tan sólo en el último día de mi viaje observé, por lo menos, ocho embarcaciones de pesca deportiva en uno de los manglares de Bahía San Gabriel, en Espíritu Santo, que pescaban pequeños peces para usarlos de carnada viva. Esa bahía es una de las tres áreas donde la pesca de todo tipo está prohibida, y aún con tanto alboroto y sin descaro, no vi a ninguna autoridad que detuviera el ilícito o al menos que regulará estas actividades. Los pescadores deportivos eran tanto mexicanos como americanos pero, sin importar la nacionalidad, tienen que pescar en los manglares porque son los últimos lugares donde las pequeñas sardinas aún pueden escapar de los grandes barcos sardineros que han diezmado sus poblaciones por todo el Golfo de California.

El impacto más fuerte se da en años cuando el mar se calienta y el alimento de las sardinas disminuye, lo que diezma la abundancia de sus poblaciones. En esos años es cuando cualquier esfuerzo pesquero produce los mayores estragos, ya que no sólo la muerte natural de estos individuos es más grande, sino que la pesca intensifica la búsqueda de aquellos individuos que han sobrevivido e incrementa exponencialmente la probabilidad de pescar estas sardinas.

Las valiosas sardinas no pueden escapar de las grandes redes de pesca que no sólo pescan en los arrecifes, sino que, al no encontrar peces, los barcos se meten a bahías y/o áreas naturales protegidas donde por ley tienen prohibido pescar. Los pescadores ribereños ya se quejan de esta situación y es seguro que los pescadores deportivos lo harán pronto, pero en lugar de unir fuerzas para acabar con el problema de la sobrepesca, ocasionada por la pesca ilegal de la flota industrial, deciden tomar la salida fácil y capturar las últimas sardinas que se refugian en los hábitats que la naturaleza ha producido para el resguardo de pequeños peces y juveniles de muchas especies que son de gran importancia comercial. ¿Cuánto tiempo más nos tardaremos en reconocer que esto está mal? ¿Cuándo reconoceremos que no podemos pescar todo, y en todos lados, si realmente queremos seguir pescando?

Hace 25 años que comencé mi investigación científica en el Golfo de California, la discusión y el reto era la implementación de Áreas Marinas Protegidas (AMP) como estrategia para la recuperación y protección de la vida marina. La teoría dice, y la hemos comprobado a pequeña escala, que si esta recuperación y protección se da, los beneficios de regiones donde la pesca está prohibida (AMP de no-pesca) se verán reflejados en las pesquerías que suceden en zonas adyacentes. Suena incoherente, pero estas áreas sin pesca funcionan como cuentas de ahorro para la pesca; mientras se protege el capital natural en esta cuenta (los peces reproductores), los intereses que se generan al paso del tiempo (larvas y peces jóvenes que se exportan fuera) son utilizados para mantener nuestra economía pesquera.

Hay muy pocas evidencias en el mundo de estos beneficios, lo que posiblemente ha limitado la expansión o creación de más AMP donde se prohíba toda actividad extractiva. En México, menos de 0.5% de los mares está protegido contra cualquier actividad de pesca. El ejemplo de AMP sin pesca que mejor hemos documentado es el de Cabo Pulmo; aunque ha sido un gran éxito de recuperación y protección, y después de 22 años ha mostrado y compartido estos resultados, el sector pesquero nunca ha aceptado que una medida de conservación sea tan benéfica para los intereses de ese mismo sector.

Veinte años después, a raíz del colapso de muchas pesquerías y por la presión de muchas comunidades pesqueras y organizaciones de la sociedad civil, la administración pesquera decidió implementar los primeros “refugios pesqueros” totalmente cerrados a la pesca, como parte de las herramientas de manejo que la ley de pesca mexicana considera para la recuperación y el manejo de pesquerías. Los objetivos y metas de estos refugios son, si no idénticos, muy similares a las de AMP; podríamos decir que es la misma burra, pero revolcada.

Aunque fueron 20 años de lucha para que la administración pesquera aceptará e implementará una medida donde la pesca esté prohibida, ahora más que nunca debemos impulsarlos como una estrategia que sume esfuerzos para la protección de los mares de México.

Por dar unos datos concretos, durante mi viaje de 15 días visité algunos de los 11 refugios que fueron implementados en el corredor San Cosme–Punta Coyote en 2012. Estos refugios han ganado 30% más biomasa (número y tamaños de peces) que los arrecifes donde se sigue pescando, y la biomasa medida en toneladas de peces por hectárea se ha incrementado al ritmo de media tonelada por año. El refugio más grande (1 km2), San Marcial, fue el que mayor biomasa recuperó en este periodo, y tan sólo en 2015 registró un incremento de 400 toneladas de peces. Sigue siendo muy pequeño comparado con Cabo Pulmo —que mide 71 km2—, pero aún con este tamaño los pescadores han visto grandes cambios en cabrillas, pargos, cochitos y otras especies de importancia comercial; los científicos han estimado cambios significativos, y los fotógrafos ahora tenemos evidencias claras que podemos mostrar no sólo a la sociedad, sino a las autoridades también. Las comunidades del corredor han sometido a la autoridad pesquera (CONAPESCA) un nuevo plan 2017-2022 que incluye: 1) dejar 10 de los refugios como están ahora; 2) la comunidad de Agua Verde quiere ampliar el refugio de San Marcial al doble (2 km2) e implementar un nuevo refugio, el doceavo, de 26 km2 al norte del corredor; y, finalmente, excluir de todo el corredor la pesca industrial por barcos sardineros, atuneros y de camaroneros de arrastre. De aceptarse esta propuesta, sería una de las más innovadoras para proteger los mares mexicanos utilizando herramientas de la ley de pesca.

En 2010, durante la Conferencia de las Partes COP 10, realizada en Nagoya (Japón), México adoptó el Plan Estratégico para la Diversidad Biológica 2011-2020, que incluye las Metas de Aichi para la Diversidad Biológica; en particular, la de proteger 10% de los océanos sin ninguna actividad de pesca. Después de todos estos años que he participado como investigador y divulgador sobre la conservación de los océanos, me he dado cuenta de que lo que nos hace falta es modernizar la administración pesquera mexicana. El sector pesquero tiene que contribuir a cumplir la meta que el país se ha fijado y tiene que permitir que se deje de pescar al menos en 10% de los mares nacionales. Si esto sucede, los que dependen de la pesca serán los más beneficiados y, de paso, tendremos la protección necesaria para la gran biodiversidad marina que alberga México y que mucha de ella es endémica de estos maravillosos ecosistemas.

No hemos podido cambiar la trayectoria de degradación en arrecifes, manglares y muchos ecosistemas marinos de México.

Doctor por el Centro para la Biodiversidad Marina y la Conservación del Instituto de Oceanografía Scripps, donde es profesor asociado. Forma parte de la Liga Internacional de Fotógrafos para la Conservación y es fundador de Mares Mexicanos.

Crédito de foto: Shawn.