En el corazón de todo navegante

Por: Dona Bertarelli

Durante miles de años, los navegantes polinésicos desafiaron al Océano Pacífico en canoas de madera orientándose por sus conocimientos sobre las estrellas, las mareas e incluso la trayectoria de vuelo de las aves migratorias. A menudo pensaba en estos antiguos marineros mientras mi tripulación y yo buscábamos romper el récord mundial de circunnavegación y quedarnos con el Trofeo Julio Verne.

El 8 de enero de 2016, después de estar 47 días, 10 horas, 59 minutos y dos segundos inolvidables —y a veces implacables— en el mar, completamos nuestra travesía de 46 700 kilómetros. Aunque llegamos a la meta sólo un poco más de un día después del tiempo récord, gracias al esfuerzo de la tripulación del Spindrift 2, pudimos adjudicarnos el segundo mejor tiempo de la historia y, además, tuve el honor de convertirme en la mujer que ha navegado más rápido alrededor de la Tierra.

Como dijera el propio Julio Verne en algún momento: “la Tierra comenzó en el mar, por así decirlo. ¿Quién sabe si no se acabará con el mar también?” Durante el agotador tramo final, atravesando el Océano Atlántico desde la Antárctica, el mar en realidad parecía no tener fin. Pero en el corazón de todo navegante habita un respeto incondicional hacia el océano: nuestro adversario más que digno, el mejor amigo en las buenas y una compañía sempiterna.

Lo que me impulsa a asumir estos desafíos y observar el océano, su vastedad y su abundancia —y lamentablemente ahora, además, su profundo deterioro— no es sólo la emoción por competir, sino el respeto y el amor por el mar; algo que aprendí de mi padre desde niña, cuando salíamos a navegar juntos.

Muchas personas imaginan que navegar en alta mar es una experiencia que implica soledad y aislamiento, pero en realidad la tripulación desarrolla lazos muy estrechos y sentimos una profunda conexión con el océano y la vida marina que nos rodea. Aunque usamos satélites y otra tecnología de punta, seguimos mirando el cielo y analizando las mareas como lo hacían los navegantes tradicionales, y nos maravillamos con las aves marinas y la espectacular aparición de las ballenas.

Durante nuestro último viaje vivimos todos los extremos que puede ofrecer el mar, desde vientos glaciales hasta calor abrasador, tormentas aterradoras y la serena majestuosidad de icebergs color esmeralda; trozos milenarios de la historia del océano. Sentí una enorme conexión con mis antepasados navegantes en sus frágiles canoas de madera, y también con los albatros, los atunes, los tiburones y otros animales cuyo desplazamiento por el océano cruzaba el nuestro.

Otra idea errada es que la navegación a vela es apacible. Puede que eso sea cierto si se trata de una travesía de placer, pero ciertamente no lo es en el caso de una carrera oceánica. Cuesta mucho pensar —y dormir— oyendo el chirrido ronco y constante que produce el casco de fibra de vidrio al surcar las aguas. En los ratos libres, usamos tapones en los oídos o escuchamos música para escapar del ruido; pero esa alternativa no está al alcance de los mamíferos marinos, angustiados por el ruido de miles de embarcaciones militares y de carga. El aumento de la contaminación acústica en el mar es uno de muchos temas que comparto con miles de niños en mi blog. Para mí era fundamental que este viaje fuera una experiencia de aprendizaje, no sólo mía, sino también de los jóvenes que tal vez nunca navegarán, pero cuyo futuro está determinado por la salud de los océanos. Tal vez si los niños se dan cuenta de que vamos a tener mares con mucho más plástico que peces obligarían a mi generación a tomar medidas.
He visto pruebas suficientes de que el océano necesita nuestra ayuda.

Así como admiro a los navegantes del pasado, tengo esperanza de que las futuras generaciones recuerden nuestra era como aquella en la que se usó el poder de la ciencia —y la conciencia— para recuperar la salud de nuestros océanos. Escoger cualquier otro rumbo sería un acto de autosabotaje imperdonable.

“En el corazón de todo navegante habita un respeto incondicional hacia el océano: nuestro adversario más que digno, el mejor amigo en las buenas y una compañía sempiterna”.

Copresidente de la Fundación Bertarelli, organización filantrópica establecida para implementar un cambio real en la conservación marina y la investigación en ciencias de la vida.