Pesca en México: Ciencia, Poder y Colapso

Por: Gabriel Quadri

No sorprende que con cierta frecuencia la ciencia pueda ubicarse al lado del poder para justificarlo y legitimarlo, con o sin razón. Lo hace a través de intelectuales orgánicos, diría Antonio Gramsci, (en nuestro caso, científicos orgánicos). Ha ocurrido, por ejemplo, sin razón, en el campo de la ciencia climática cuando algunos académicos o investigadores se prestaron a actuar como personeros de ciertos gobiernos y empresas petroleras o del carbón, tratando de negar la relación causal entre combustibles fósiles y calentamiento global. Estos han sido estrepitosamente desacreditados y públicamente denunciados.

También sucede en la biología y ecología marinas. Ahí existen científicos o académicos que a través de investigaciones aparentemente rigurosas divulgadas en publicaciones especializadas intentan legitimar acciones u omisiones del poder público en materia de pesca y océanos, así como respaldar los intereses inmediatos de la industria y organizaciones pesqueras.

Ahora mismo se ventila un debate de gran trascendencia sobre la sustentabilidad en el aprovechamiento de los océanos en México. Por un lado se encuentran científicos orgánicos al lado del establishment pesquero (SAGARPA-CONAPESCA y la industria y organizaciones pesqueras) que asume que todos los mares de México son de su exclusiva propiedad y para su explotación. Estos afirman que las variaciones o colapso de pesquerías, poblaciones y ecosistemas marinos en nuestro país, concretamente en el Mar de Cortés o Golfo de California, son esencialmente consecuencia de fenómenos climáticos y oceanográficos, no de un excesivo esfuerzo pesquero y sobrexplotación (Arreguín-Sánchez, F., Del-Monte-Luna, P., Zetina-Rejón, M.J. and Albañez-Lucero, M.O. 2017. The Gulf of California large marine ecosystem: Fisheries and other natural resources. Environmental Development).

Por otro lado, están académicos de enorme prestigio que lo desmienten. Señalan con argumentos críticos demoledores que la posición anterior se basa en omisiones y en limitaciones analíticas deliberadas y que, en efecto, la sobreexplotación pesquera juega un papel fundamental en las variaciones y colapso de biomasa marina (Andrew F. Johnson, Alfredo Giron-Nava, Brad Erisman, Enric Sala, Enriqueta Velarde, Exequiel Ezcurra and Octavio Aburto-Oropeza, Letter to the editor – environmental development – comment on Arreguín et al. 2017. Environmental Development).

Los primeros, como científicos orgánicos (Arreguin et al.), sostienen que variaciones en la temperatura superficial del mar y las descargas de agua dulce del Río Colorado son elementos causales en los volúmenes de captura o producción pesquera, y no, la propia dinámica de explotación y sobreexplotación. Incluso, esgrimen que los “regímenes climáticos” tienen una influencia definitiva no sólo sobre especies de interés comercial, sino sobre otras especies y ecosistemas a través de cadenas alimenticias o ecológicas. Aducen que ignorarlo, ha llevado equivocadamente a la restricción de actividades pesqueras y al establecimiento de Áreas Naturales Protegidas marinas, por lo que implícitamente las descalifican.

Sin embargo, sus conclusiones son inaceptables para Johnson et al, en la medida en que el análisis de series de datos de temperatura superficial del mar y desembarcos pesqueros en que se basan es muy deficiente y sesgado. Aún así, sólo explica 38% de las variaciones en capturas o desembarcos pesqueros, lo que bajo ninguna óptica estadísticamente significativa permitiría afirmar que el clima es la variable determinante. Además, la evidencia científica, de acuerdo a Johnson et al, indica una compleja relación entre biomasa, capturas, clima y esfuerzo pesquero. La sobrepesca tiene consecuencias graves, no sólo en depredadores marinos, sino incluso en aves marinas que se alimentan de poblaciones de peces forrajeros, como las sardinas. La sobreexplotación se asocia a una expansión acelerada y documentada de la flota pesquera en el Mar de Cortés, de 17 000 embarcaciones en 2006 a 25 000 en 2010, estimándose que el crecimiento en el número de embarcaciones pesqueras ha seguido aumentando de manera acelerada por falta de regulación y vigilancia.

Ciertamente, y aparte de propio esfuerzo pesquero, cambios en el clima pueden explicar cíclicamente alguna variación en especies forrajeras pequeñas como las sardinas o anchovetas que tienen un periodo corto de vida. No obstante, especies longevas con un ciclo largo de vida y bajas tasas de reproducción como tiburones, meros, lubinas, pargos y otros peces grandes son afectadas esencialmente por la sobreexplotación pesquera. De hecho, muchas especies de tiburones en México están amenazadas o en peligro de extinción por la pesca, mientras que se han colapsado numerosas pesquerías de otros peces longevos (no sólo en el Mar de Cortés, sino que de tiempo atrás y a una mayor escala, en el Golfo de México).

En cualquier caso, de acuerdo con múltiples estudios científicos, lo único que puede recuperar plenamente la biomasa, pesquerías y ecosistemas marinos es el establecimiento de Áreas Naturales Protegidas con exclusión total de la pesca. Ejemplos de ello en México son los Parques Nacional de Cabo Pulmo y Bahía de Loreto en BCS (establecidos durante la gestión pública del que esto escribe); ahí se ubican las únicas zonas de exclusión pesquera en el Mar de Cortés. Aunque relativamente pequeño, el Parque Nacional de Cabo Pulmo ha observado un desempeño espectacular. La biomasa total de peces se incrementó en 463% entre 1999 y 2009, relativamente a las áreas no protegidas del propio Mar de Cortés. De hecho, ninguna de ellas registró cambios apreciables en biomasa a pesar de grandes oscilaciones climáticas vinculadas al fenómeno de El Niño (ENSO, El Niño Southern Oscilation). Algo similar ha ocurrido en las zonas de exclusión pesquera de Bahía de Loreto. Todo esto demuestra que es el esfuerzo pesquero lo que explica el colapso o la abundancia de poblaciones de peces, y por tanto de muchas otras especies; no, las variaciones en el clima.

La manipulación de información ha llegado también a distorsionar el contexto y las causas que explican el proceso de extinción de la Vaquita Marina. Arreguín et al. apuntan como causa la alteración ecológica profunda que ha sufrido el Delta del Río Colorado, así como al abatimiento drástico en las descargas de agua dulce del río. Ello, por el acaparamiento y utilización virtualmente total del agua en la agricultura tanto en Estados Unidos como en el Valle de Mexicali. Si bien es verdad que esto ha traído consigo un trastorno ecológico radical en el Delta, no puede explicar el colapso en la población endémica de la Vaquita Marina (Phocoena sinus). Este es consecuencia de las artes de pesca usadas profusamente para la captura de Totoaba, curvina e incluso camarón. La Vaquita es eufemísticamente llamada “pesca incidental”, y muere asfixiada al quedar atrapada en las redes de los pescadores. Cientos de vaquitas han muerto de esa forma cruel e inhumana, y no por cambios en el hábitat.

Así, Arreguín et al., intentan formalizar y legitimar la idea de que una causa esencial de la extinción inminente de la vaquita marina es el clima, mayor salinidad por la reducción en descargas de agua dulce del río Colorado y por tanto disminución en la productividad del hábitat, y no, la matanza sistemática de vaquitas por parte de las artes de pesca. Esto ofrece generosamente a las autoridades una coartada política para justificar su ineptitud, incuria, o colusión con los pescadores, así como su incapacidad para ejercer una regulación eficaz sobre la pesca. Históricamente, la política pesquera en México ha eludido reconocer e impedir la sobreexplotación o esfuerzo pesquero excesivo, así como la “pesca incidental” o matanza de especies que no son el objetivo de los pescadores. De tal forma, es más sencillo transferir la culpa del colapso de pesquerías y devastación de ecosistemas marinos a “variaciones climáticas y en el hábitat” que, obviamente, están fuera del alcance, poder y facultades de SAGARPA y CONAPESCA.

Los científicos orgánicos del régimen pesquero también ofrecen argumentación científica para impedir que se creen Áreas Naturales Protegidas con refugios o exclusión de pesca. E igualmente prodigan argumentos para abrir a la pesca zonas que han operado como refugios, viveros o zonas de conservación marina de facto (como la Zona de Exclusión Petrolera en el Golfo de México, que será abierta a la explotación pesquera con base en los argumentos de científicos contratados por el Instituto Nacional de la Pesca).

Los científicos orgánicos contribuyen a exonerar a la autoridad pesquera de toda responsabilidad en el manejo insostenible de los recursos marinos de nuestro país, y así evitar el diseño y aplicación de regulaciones eficaces. Le facilitan al poder o a la autoridad evadir el imperativo de establecer una vigilancia eficaz que inhiba la pesca ilegal sin permiso, sin registro, en zonas y épocas prohibidas, que no respeta las tallas mínimas de ejemplares capturados, y con artes de pesca fuera de la ley (que representa entre el 40 y 60% del total de la pesca en México). Sobre todo, los científicos orgánicos tratan por todos los medios de descalificar la importancia de las Áreas Naturales Protegidas Marinas, especialmente de aquellas que incorporan total o parcialmente zonas de exclusión pesquera (No Take Zones).

Los científicos orgánicos por tanto contribuyen a la sobreexplotación y declinación de poblaciones de peces y deterioro de ecosistemas marinos, y particularmente, al derrumbe de poblaciones de peces-forraje como las sardinas que son la base de gran parte de la cadena trófica o ecológica en el mar. Así, soslayan le necesidad imperiosa de cambios profundos en la política pesquera en términos de regulación y vigilancia eficaces por un lado, y de eliminación de subsidios por el otro. Recordemos que perversamente, más de 70% del presupuesto de CONAPESCA se destina a subsidios a los pescadores, lo que mantiene un esfuerzo pesquero depredador e insostenible. La mala política pesquera no sólo explica la extinción de especies carismáticas como la Vaquita Marina, sino la demolición de la propia estructura ecológica en que se basa la industria de la pesca. Esto conllevará también a la extinción, a mediano y largo plazo, del capital natural en que se fundamenta la vida de numerosas comunidades pesqueras en México, trayendo consigo nuevas fuentes de riesgo, tensión y conflicto social y político.

Foto: Rodrigo Friscione.